Paraísos fiscales
- Archivado en: Bancos/Brokers, Denuncias, Dinero
- Fecha: Mar 11,2008
Durante las últimas semanas, la canciller alemana Angela Merkel ha encabezado un acoso y derribo contra su pequeño vecino, el principado de Liechtenstein, por no haber cooperado con una investigación alemana sobre presuntos evasores de impuestos. Esta particular disputa entre Alemania y Liechtenstein es tan sólo la punta del iceberg de una batalla muchísimo más amplia entre las grandes naciones europeas y los pequeños principados con impuestos muy reducidos.
Los ataques per se son injustos. Países como Mónaco y Liechtenstein tienen todo el derecho del mundo a mantener el secreto bancario y no se los debería forzar a hacer de inspectores de hacienda para sus hermanos mayores, que deberían pasar más tiempo preocupándose de por qué huye de su territorio tanto capital, en lugar de ensañarse con lugares de apenas una fracción de su tamaño.
El conflicto no parece que se vaya a calmar tan aprisa. Todo empezó cuando los investigadores alemanes pagaron 5 millones de euros a un ex empleado del banco LGT de Liechtenstein a cambio de discos informáticos que contenían los nombres de personas con cuentas bancarias en este principado. La información obtenida ha dado lugar ya a la dimisión del máximo responsable de Deutsche Post, Klaus Zumwinkel, y según las autoridades alemanas, casi otras 200 personas han confesado ya su evasión fiscal.
Ahora el ministro de Finanzas alemán, Peer Steinbrueck, planea encabezar una campaña más amplia de la Unión Europea contra los paraísos fiscales. Merkel ha abordado este asunto con el príncipe Alberto de Mónaco, y parece que la ofensiva contra este enclave mediterráneo es sólo cuestión de tiempo. De este modo, la anomalía de tener pequeños principados de bajos impuestos en un continente de impuestos bastante altos, puede estar llegando a su fin.
Es comprensible que los paraísos fiscales les resulten irritantes a los grandes gobiernos europeos. En un mundo de movilidad cada vez mayor, y de mejores medios de comunicación, a los ricos se les ha hecho terriblemente fácil mudar su sitio oficial de residencia a un entorno más acogedor en lo que a impuestos se refiere. La mitad de los empresarios británicos parece estar domiciliados en Mónaco, mientras que los alemanes parecen estar guardando dinero en Liechtenstein.
Esto es algo que a los aficionados del deporte español no les cogerá por sorpresa. Son bien conocidos los 11 años en Andorra de Arantxa Sánchez Vicario o la sociedad con sede en las Antillas holandesas de Luis Enrique. Carlos Moyà apostó por Ginebra (Suiza), Félix Mantilla por Mónaco, Galo Blanco y Fernando Vicente, por Andorra, y los pilotos Carlos Checa y Dani Pedrosa por las Islas Británicas. Fernando Alonso reside en Oxford (Inglaterra), aunque desde hace tiempo se le sitúa para el futuro en Suiza, donde se encontrará su colega Pedro Martínez de la Rosa o el ciclista Óscar Freire.
Cuando las elites se desentienden del régimen fiscal, subvierten los procedimientos democráticos y socavan el respeto a la integridad de las leyes y las instituciones. Este principio es el que mueve a los gobiernos de Alemania y otros países. Aun así, Liechtenstein y Mónaco no tienen obligación alguna de suministrar listas de inversores extranjeros a las autoridades fiscales alemanas, francesas o británicas, siempre y cuando no haya sospecha de blanqueo de capitales o de terrorismo.
Es difícil para el Gobierno alemán justificar haber pagado a Heinrich Kieber, el ex empleado de LGT Group, por detalles de cuentas privadas, y después haber vendido por todo el mundo esa propiedad robada. No importa que los discos contuvieran datos de evasión fiscal. Dos errores no equivalen a un acierto. Los Gobiernos alemán, británico, francés o sueco, que compraron la información, se echarían al monte si un Estado miembro de la UE robase información de sus propios bancos.
Además, estos pequeños principados son entidades soberanas. Alemania tiene el derecho de fijar las leyes que le parezca para las personas que viven en Alemania. Si quiere prohibir a sus ciudadanos el tener cuentas o crear fundaciones en otros países, puede hacerlo y enfrentarse a la fuga de personas y capital. Pero no puede forzar a otros países a que cambien sus normas.
Si la gente invierte en países de impuestos bajos o en estructuras jurídicas como fundaciones, su responsabilidad fiscal es cosa suya, no de la nación anfitriona. La mayoría de los inversores legítimos considera que los principados de impuestos bajos ofrecen una alternativa útil al régimen de los Gobiernos de impuestos altos que asfixia a gran parte de Europa.
Por último, es irrisorio decir que este tipo de “competencia” fiscal es injusta. Toda competencia es injusta. Las naciones pequeñas con el derecho a ganarse la vida como les de la gana. No es más injusto que la destreza de Alemania en la fabricación de automóviles, o que la aptitud de los franceses para hacer vino. ¿Acaso deben los alemanes cerrar su industria de automóviles de lujo porque les hace la vida difícil a los trabajadores del sector en el resto de Europa?
Si la respuesta en no, tampoco Liechtenstein debe cerrar su sector de servicios financieros. Naturalmente, los paraísos fiscales deberían asegurarse de no estar albergando activos de delincuentes o terroristas, aunque se tiende a exagerar en este sentido. Munir el Motassadeq, la única persona a quien se ha procesado por los atentados terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos, vivía en Hamburgo, no en Liechtenstein. Uno de los presuntos piratas aéreos usó cuentas bancarias de Florida, no de Mónaco. Lo cierto es que los terroristas usan normalmente bancos corrientes porque éstos levantan menos sospechas.
Quizá el Gobierno alemán y los otros que pagan por información robada debieran pasar más tiempo pensando en cómo hacer sus propios países más atractivos a sus contribuyentes. Ahí están los ejemplos de Abraham Olano, que aunque estuvo muy cerca de mudarse a Mónaco, llegó finalmente a un acuerdo con la Hacienda de Guipúzcoa, del mismo modo que Miguel Indurain alcanzó un pacto con la Hacienda Foral de Navarra.
Mañana me pasaré por la Agencia Tributaria. A ver si es verdad aquello de que “Hacienda somos los tontos”.


