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Contratos y falsos genios

Por Efraín Parrilla.

Las leyes están llenan de tecnicismos y recovecos que mantienen a millones de abogados bien remunerados. Pero la esencia del derecho contractual es sencilla:

Estamos de acuerdo en que ustedes me paguen por que yo haga algo. Digamos que prometen darme una bonificación de US$3 millones si continúo trabajando para ustedes. Ustedes piensan que han hecho un trato excelente porque yo soy un genio. Yo llevo a cabo operaciones que producen decenas de miles de millones de dólares para la compañía, haciendo algo que casi nadie comprende. Si me voy, adiós a ese flujo de ingresos. Así que firmamos un contrato de retención y yo rechazo las ofertas de trabajo de los competidores que también piensan que soy un genio.

Resulta que mis ideas tenían un defecto terrible que derriba a la compañía entera para cuando me corresponde cobrar mi bonificación. Mala suerte para ustedes. Para mí, un trato es un trato. Y si la compañía tiene que deshacer las operaciones que sólo yo comprendo, más razón aún para retenerme. A menos que el nuevo jefe me presione lo bastante para que yo renuncie “voluntariamente” a la bonificación de permanencia, ustedes tendrán que pagarla.

Esto es básicamente lo que ha sucedido con American International Group Inc. (AIG), de la cuál casi el 80 por ciento pertenece ahora al Gobierno de Estados Unidos. AIG cometió un montón de errores a lo largo de los años, razón por la cual necesita fondos federales para seguir funcionando. Específicamente, 173,000 millones de dólares del dinero de los contribuyentes, por lo menos.

Las bonificaciones que AIG acordó pagar a los genios imperfectos de su división de productos financieros no son los errores más caros que ha cometido. Pero han encendido la cólera del público. Cualquiera puede entender que es terriblemente injusto que los meros mortales que trabajaban bien, pero que han perdido el empleo porque los genios de Wall Street arrojaron la economía por un precipicio, acaben pagando bonificaciones a esos mismos genios.

Es por eso que existe un clamor popular y cientos de reclamaciones para que el Gobierno recupere ese dinero de alguna forma, haya o no contrato. Si a los tipos de Wall Street no les gusta, pues que demanden. Cuán satisfactorio sería eso… pero cuán irresponsable. Si los contratos son tan inexpugnables como dicen los abogados que los han leído, violarlos provocaría una serie de pleitos civiles que el Gobierno seguramente perdería.

Cierto, el Gobierno podría volcar montones de dinero de los contribuyentes en un barril sin fondo de costas legales. Pero a la larga aún tendría que pagar las bonificaciones. Y no hay duda de que los empleados demandarían al Gobierno para que pagara las costas de ellos también. He ahí la pérdida tangible del Gobierno. También sería un indicio de que no se puede confiar en los contratos del Gobierno, su palabra misma. Aunque eso quizá ya no tenga remedio.

Hay una razón por la que existen los contratos y los medios para hacer que se respeten. Es para que una parte pueda convencer a la otra para hacer algo, ya que el contrato asegura que la segunda parte recibirá lo que quiere a cambio una vez completada la tarea. Si al final resulta que el trato resulta perjudicial para una de las martes, mala suerte.

Si un fiscal llega a un acuerdo con un narcotraficante para conseguir información sobre el jefe de la pandilla y luego cae en cuenta de que la información no sirve para detener al capo, el narcotraficante recibe la reducción de sentencia de todos modos. De la misma manera, una compañía de seguros puede acordar pagar millones de dólares por una swap de riesgo crediticio a un banco si la deuda no se devuelve. Si luego el contrato resulta estar terriblemente sobrevalorado porque la garantía de la deuda consiste en hipotecas de alto riesgo que no se pueden cobrar, la compañía de seguros debe pagarle al banco de todas formas según lo pactado.

El procurador general del estado de Nueva York, Andrew Cuomo, dice tener una teoría jurídica para justificar que se violen los contratos. “El que haya un contrato no quiere decir que no haya forma de darle la vuelta al contrato”, dijo Cuomo esta semana. Pero tendría que probar que alguien cometió fraude, y hasta la fecha no hay nada que demuestre tal cosa.

Cuomo está investigando los nombres, la descripción de tareas y los expedientes de desempeño de los empleados de la división de productos financieros de AIG a quienes se otorgaron las llamadas bonificaciones de permanencia. Quiere ver qué papel, si alguno, tuvo cada una de estas personas en arruinar la empresa. Quizá encuentre algo que parezca fraude. Y es que la Casa Blanca busca desesperadamente alguna forma de bloquear las bonificaciones o por lo menos de forzar a AIG a que devuelva el importe de ellas al Gobierno. Este es un caso en que probablemente la presión externa obligue a hacer ciertas concesiones, así que es posible que aunque los contratos en sí no se cambien, los ejecutivos tengan que renunciar a ellos ‘voluntariamente’.

La probabilidad de que ello suceda dependerá de cuán furioso se ponga el público y cuán persuasivos sean los argumentos jurídicos de Cuomo. Pero después, ¿no habría que recuperar las bonificaciones que se dieron a los bancos a quienes el rescate de AIG rescató?

1 comment to Contratos y falsos genios

  • Javi

    Estoy de acuerdo con el artículo. Pero lo que me llama la atención es que el cobro de los “bonus o primas” no estén referenciados al logro de unos objetivos concretos, generalmente unos beneficios, con lo cual si la empresa tiene pérdidas no se pagarían. Suele ocurrir que los propios consejeros aprueban importantes bonus sin ninguna restricción y nadie (¿accionistas?) se lo impide.
    La dejadez del público y la delegación de todo el poder en unas pocas personas, lleva a estos aberrantes desmanes tanto en economía como en política.

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